Epicuro en tiempos revueltos

El placer es el mayor bien y también es el propósito de la vida. En esto consistiría la filosofía de Epicuro si tuviéramos que reducirla a una sola frase. Esta doctrina, llamada hedonismo, proviene de la escuela cirenaica, fundada por Aristipo, el que fuera discípulo de Sócrates. Sin embargo, el hedonismo epicúreo no es el de los cirenaicos; hay diferencias. En el hedonismo cirenaico, aunque el placer del alma era importante, cultivaban especialmente el placer más terrenal. Para Epicuro, el placer debe entenderse como la ausencia de dolor en el cuerpo (aponía) y la ausencia de turbación en el alma (ataraxía), siendo esto último lo más importante. En resumen, el bien supremo es la ausencia de sufrimiento.

Epicuro

Conviene situarnos en el contexto histórico de esta época, llamada helenística. Alejandro Magno acaba de morir y sus generales andan repartiéndose los pedazos del imperio macedonio. El ciudadano griego, habitante de la polis, ha devenido súbdito. Ese zoon politikon o animal cívico de Aristóteles, cuya seña de identidad y el propio sentido de su vida estaba ligado de forma indeleble a la participación en los asuntos de la polis griega. Fuera de la polis, sólo pueden vivir animales o dioses, decía Aristóteles. En este contexto de decadencia griega, también las escuelas filosóficas platónica y aristotélica están en crisis. Epicuro llega a Atenas a finales del IV a.c. para fundar su escuela, pero no en el sentido de la Academia platónica o el Liceo aristotélico, donde sólo los hombres varones y libres son acogidos. Compra una casa a las afueras, junto a un huerto, y llama a su escuela "El jardín", aunque más que una escuela es una especie de comunidad filosófica. En ella tienen cabida hombres, mujeres, esclavos y cualquier persona que quiera acercarse a la doctrina de Epicuro. Su filosofía deja de centrarse en la metafísica y dirige su atención hacia el hombre; a cómo debe vivir su vida. La filosofía de Epicuro tiene tres ejes principales: La canónica, la física y la ética.

Canónica

La canónica es una suerte de teoría del conocimiento útil para conocer el mundo, y sobre todo, para dirimir lo que es bueno o malo para nuestra felicidad. Frente a las ideas platónicas (recordemos el mito de la caverna) que nos decía que el mundo no es cognoscible mediante los sentidos, Epicuro toma una posición radicalmente contraria. El mundo no sólo es cognoscible, sino que además sólo puede ser conocido mediante los sentidos, arracionales y objetivos, que nos muestran la realidad tal y como es. La percepción repetida de los objetos por nuestros sentidos, dan lugar a las prenociones (prolepsis), es decir, a los conceptos. Cuando vemos repetidamente distintos tipos de sillas, acabamos creando el concepto "silla" en nuestra cabeza. Y si sentimos dolor cada vez que tocamos fuego, acabaremos sabiendo que el fuego nos daña. Es una concepción contraria a la de Platón, para el que esos conceptos eran previos y residían en el mundo de las ideas. Como los sentidos nos ofrecen una percepción objetiva del mundo, aquello que produce placer debe ser bueno para nuestra felicidad, y si produce dolor o sufrimiento, debería ser evitado.

Física

Nada surge del no-ser ni nada regresa al no-ser, nos dice Epicuro. Es decir, que nada puede surgir espontáneamente de la nada ni, simplemente, desaparecer. El cosmos existe, ha existido siempre y existirá tal y como es ahora. Epicuro recurre a los atomistas Leucipo y, sobre todo, a Demócrito, para ofrecernos su visión materialista de la realidad, compuesta de objetos simples, llamados átomos, que son indivisibles, y objetos complejos, que no son más que un agregado de átomos, por ejemplo, la silla de la que hablábamos antes. Los átomos de Epicuro son diferentes a los de Demócrito; lo que caracteriza a un átomo es su forma, su peso y su tamaño. Así pues, el mundo está formado por sólo dos elementos: los átomos y el vacío. Pero no un vacío como no-ser en el sentido de Parménides. Es un vacío que permite que los átomo puedan moverse. Si no existiera este vacío no podría existir el movimiento de los átomos. Así pues, los átomos, en virtud de su peso caen hacia abajo, pero si los átomos caen hacia abajo, lo harían de forma paralela y nunca llegarían a tocarse. Para salvar este problema Epicuro atribuye a los átomos un pequeño movimiento de inclinación durante su caída (llamado clinamen), casual y surgido del no-ser (lo que representa una aporía en relación con su propia doctrina). Esto permite que los átomos choquen entre sí y terminen formando el mundo. Un mundo que, en virtud de sus infinitos átomos y la infinita cantidad de vacío que existe, es a su vez infinito y eterno. Con infinitos mundos, algunos similares al nuestro. Sin embargo, aunque el universo epicúreo no varía en su esencia, los mundos sí que nacen y se desintegran cíclicamente. Esta visión choca frontalmente con la cosmología aristotélica de un mundo finito limitado por la esfera de las estrellas y con la tierra en su centro.
Como decíamos, la visión del mundo de Epicuro es absolutamente materialista, lo que significa que no sólo la materia está formada por átomos. También el alma, e incluso los dioses. Cuando morimos, el alma, que es material, también se disuelve y muere. Los átomos que forman el alma son más ligeros que los del cuerpo, y es por eso que no los percibimos directamente. También distingue un tipo especial de átomo, distinto a todos los demás, de los que están hechos los dioses. Otra diferencia entre los átomos de Demócrito y los de Epicuro es que éste último dice que los átomos están formados por pequeñas partes indivisibles aunque diferenciables, llamadas mínimos, por ser la mínima parte constitutiva, no sólo de los átomos, también del vacío, del tiempo o del movimiento. Esto le permitiría superar las paradojas del movimiento de Zenón de Elea, como la de Aquiles y la tortuga. Así pues, frente al mundo teleológico de Aristóteles, donde todo tiene una función y un cometido, el cosmos epicúreo es absolutamente azaroso en virtud del clinamen.

Ética

Tanto la canónica como la física epicúrea persiguen servir de fundamento a la ética. Una ética hedonista en la que la felicidad es la finalidad de la vida. Pero los placeres para Epicuro, muy al contrario del significado que atribuimos hoy a las palabras epicúreo o hedonista, no son sólo los placeres del cuerpo, sino, principalmente, los del alma. Para Epicuro, el placer, y por ende la felicidad, es la ausencia de sufrimiento. Se trata de un placer reposado (catatesmático). Diferencia tres tipos de placeres:
  • Naturales y necesarios. Como comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. Estos placeres han de ser siempre satisfechos, pues son la base de la felicidad. De estos placeres excluye la pasión y el amor, que perjudican la tranquilidad del alma y por tanto a la ataraxía.
  • Naturales y no necesarios. Como tomar buenos vinos o participar en un festín. Estos placeres han de limitarse.
  • No naturales y no necesarios. Como el deseo de riquezas, de fama o lujos. Estos deben evitarse siempre, pues perjudican la ataraxía.
Para vivir bien, es decir, para ser feliz, el ser humano ha de limitarse al primer grupo de placeres, pues estos pueden ser obtenidos fácilmente por cualquiera. Así no necesitaremos riquezas ni nada más que sea externo a nosotros, lo que nos llevará a ser autosuficientes (autarquía). También exalta el valor de la amistad como ingrediente para la vida feliz.
Vive oculto, dice Epicuro. Con esto nos invita a no participar en la vida pública o en política. Muchas veces, las actividades políticas persiguen conseguir riquezas, poder o reconocimiento, que como acabamos de ver, perjudican la tranquilidad del alma.
Así, para Epicuro, a la felicidad se oponen el sufrimiento y el miedo a la muerte, para lo que nos ofrece cuatro remedios (tetrafarmakón):
  • Un miedo común en la antigua Grecia era el miedo a los dioses. Los dioses de Epicuro viven felices en el espacio que hay entre los mundos, sin prestarnos demasiada atención. No se dedican a castigarnos o a premiarnos, simplemente nos ignoran, por lo que no hay que preocuparse por ellos.
  • No tiene sentido temer a la muerte, pues cuando estamos vivos, ella no está, y cuando ella está, nosotros ya no estamos.
  • No hay que temer el dolor pues, si es poco intenso, es soportable. Si es intenso, dura poco. Y si fuera muy intenso, nos conduciría a la muerte, que como hemos visto, tampoco habría de preocuparnos.
  • No hay que temer a la infelicidad ya que lo que es bueno, es fácil de obtener. Como hemos visto, para ser felices sólo necesitamos obtener los placeres naturales y necesarios.
La teoría atomística de Demócrito ponía en duda la libertad y el libre albedrío. Epicuro recurre al clinamen, a esa inclinación fortuita en la caída de los átomos, para salvar este obstáculo. Así pues, no sólo existe la libertad, sino que es necesaria para poder elegir cómo comportarse correctamente.

Epicureísmo hoy

Tras la muerte de Epicuro, su doctrina tuvo seguidores incluso durante la época imperial romana. De alguna forma, ha sobrevivido hasta nuestros días, al menos parte de su esencia. Por ejemplo en doctrinas filosóficas como el utilitarismo de finales del XVIII, que defiende que la mejor acción es la que produce la mayor felicidad y bienestar para el mayor número de individuos involucrados y maximiza la utilidad. Se intuye también la influencia en el materialismo de Karl Marx, cuya tesis doctoral versó sobre Epicuro. Existe incluso una Sociedad de Amigos de Epicuro en España y a nivel internacional. Las doctrinas hedonistas de Epicuro han sido vistas, a veces, como un remedio a los tiempos en crisis en los que vivimos. La búsqueda del placer simple, despreciando el valor de lo material, lo lujoso y las comodidades innecesarias. Una visión ascética, cercana a otras filosofías y formas de vida orientales. En todo caso, sin duda, Epicuro fue un filosofo distinto, que enfrentó su doctrina a las filosofías de la Academia y El Liceo, imperantes en la Atenas de su época, mucho más metafísicas y menos centradas en el ser humano.

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